La prosperidad compartida exige más que cifras macroeconómicas: requiere atender al 40% más pobre de la población y garantizar que el crecimiento beneficie a todos. En las últimas décadas, América Latina y el Caribe (ALC) logró avances significativos contra la pobreza, pero hoy el crecimiento es bajo y volátil, con desigualdad persistente y movilidad social estancada.
Frente a este desafío, las inversiones transcontinentales —ya sean flujos de inversión extranjera directa (IED), emisiones de bonos temáticos o alianzas público-privadas— actúan como auténticos puentes. Conectan regiones con exceso de capital y tasas de ahorro elevadas con territorios que requieren recursos para transformar su estructura productiva y fortalecer la cohesión social.
En la última década antes de 2015, ALC vivió una “década dorada” de reducción de pobreza y expansión laboral. Sin embargo, el crecimiento regional, proyectado en 2,3% anual entre 2023 y 2027 por el FMI, es el más bajo entre las economías emergentes y en desarrollo, salvo Europa emergente marcada por conflictos. Esta situación ha “roto el puente entre crecimiento y prosperidad compartida”.
Para reconstruirlo, se requieren puentes financieros e infraestructurales capaces de movilizar recursos y conocimiento, alineando incentivos privados con objetivos sociales y ambientales.
El Banco Mundial y la Corporación Financiera Internacional (IFC) ejemplifican cómo la inversión pública internacional puede movilizar capital privado hacia mercados emergentes. Ambos organismos se financian mayoritariamente mediante la emisión de bonos en mercados internacionales, aprovechando su calificación crediticia y reputación.
La IFC mantiene un balance cercano a los USD 84.000 millones con calificación AAA y dirige su mandato a reducir la pobreza extrema. Su capacidad de movilizar capital privado hacia mercados emergentes ha sido clave para apalancar recursos de fondos de pensiones, aseguradoras y bancos comerciales.
Un ejemplo paradigmático es la emisión de bonos verdes por la Autoridad de Peajes del Área de la Bahía de San Francisco por USD 811,4 millones, destinados a mejorar puentes y carreteras, demostrando el poder de los bonos temáticos como verdes y sociales.
La Unión Europea es uno de los mayores inversores en ALC. Tras la caída de inversión y productividad postpandemia, la IED puede convertirse en un puente que transfiera transferir tecnología y know-how avanzado, cree cadenas de valor regionales inclusivas y eleve estándares laborales y ambientales.
Programas de Educación y Formación Técnica y Profesional (EFTP) impulsados por empresas como Siemens han reducido brechas de habilidades, brindando a jóvenes competencias relevantes y contribuyendo a la movilidad social.
En un contexto donde los gobiernos no pueden ampliar indefinidamente sus déficits, los bonos verdes, sociales y sostenibles emergen como vehículos para canalizar ahorro institucional hacia proyectos de impacto. Instituciones multilaterales y gobiernos locales emiten estos bonos para financiar infraestructuras que promuevan la transición energética, la gestión del agua y la inclusión social.
El auge reciente de los precios de materias primas representa un shock positivo para ALC, pero existe el riesgo de repetir ciclos de bonanza desaprovechados. La verdadera oportunidad radica en energia renovable y digitalización integrada y en aprovechar la demanda global por cadenas de suministro más seguras.
Alianzas estratégicas entre Europa, Norteamérica y la región pueden catalizar el financiamiento y la transferencia tecnológica necesarios para una transformación sostenible.
La organización Bridges to Prosperity defiende que el aislamiento rural no debería condenar a la pobreza. Trabaja con comunidades, gobiernos y sector privado para planificar, construir y gestionar puentes peatonales que conecten aldeas con servicios básicos, mercados y centros educativos.
Este enfoque resalta que la inversión en infraestructura no solo traslada bienes, sino que acerca oportunidades y promueve igualdad de oportunidades al garantizar acceso seguro y continuo.
Construir puentes financieros, industriales y físicos es esencial para que las inversiones transcontinentales generen prosperidad compartida a escala global. Requiere un enfoque coordinado: políticas industriales acertadas, vehículos financieros innovadores y un compromiso firme con la inclusión social y la sostenibilidad ambiental.
Solo así logramos que el capital fluya con propósito, transformando no solo economías, sino también vidas y comunidades enteras hacia un desarrollo más justo y resiliente.
Referencias