En un mundo que avanza a ritmo imparable, la combinación de energías limpias y la gestión eficiente del agua se ha convertido en la vía maestra para garantizar el bienestar de las próximas generaciones. La transición energética y la seguridad hídrica no son conceptos aislados; forman un ecosistema donde cada inversión puede convertirse en un motor de crecimiento sostenible.
En 2024 se añadieron 585 GW de nueva capacidad renovable, lo que supuso el 92,5 % de toda la nueva capacidad eléctrica del mundo. Solar y eólica representaron el 96,6 % de esas adiciones, y en 2025 cubrieron el 100 % del aumento de la demanda eléctrica global en el primer semestre. A pesar de estos récords, la IRENA advierte que triplicar la capacidad renovable instalada antes de 2030 exigirá un crecimiento anual del 16,6 % y 1,4 billones de dólares de inversión.
El dominance de las renovables en el mix eléctrico mundial avanza con fuerza: alcanzaron el 41 % en la primera mitad de 2025, superando al carbón. Este punto de inflexión marca el fin de la era fósil como protagonista principal y abre un abanico de oportunidades para quien sepa identificar los sectores estratégicos.
Las cifras no engañan: el 75 % de la inversión en energías limpias proviene del sector privado, con fondos y capital institucional apostando por proyectos de alto impacto ambiental. Redes, almacenamiento hidroeléctrico, hidrógeno verde y fotovoltaica flotante son ya infraestructuras críticas en las que fluyen enormes flujos de liquidez.
El agua, más que un recurso natural, se posiciona como una infraestructura verde urbana esencial. España sirve de ejemplo, con un plan de inversiones que supera los 198.435 millones de euros hasta 2030 para agua, energía y equipamiento público.
Invertir en saneamiento y depuración no solo protege la salud pública, sino que refuerza la resiliencia de las ciudades frente a eventos extremos. La modernización de redes y la conservación del dominio público hidráulico actúan como seguros ante sequías e inundaciones.
En la Cuenca Mediterránea española, la adaptación climática moviliza más de 2.432 M€ en obras de restauración de ríos y soluciones basadas en la naturaleza. A ello se suman 3.312 M€ para el Plan de Gestión de Riesgos de Inundación (2022-2027) y 820 M€ para infraestructuras ligadas a la DANA de 2024.
La modernización del ciclo integral del agua se traduce en 44.518 M€ destinados a separar redes unitarias, renovar tuberías centenarias y alcanzar la neutralidad energética en desaladoras y depuradoras. El ahorro energético anual estimado supera los 970 M€ y reduce drásticamente la huella de carbono.
El carácter anticíclico de las inversiones en agua convierte al sector en refugio para carteras de largo plazo. Sin embargo, toda oportunidad conlleva riesgos que deben gestionarse con rigor.
Diseñar una estrategia de inversión en el futuro líquido implica diversificar no solo por geografía, sino también por tipo de infraestructura y fase de vida del activo.
El futuro líquido es una realidad palpable: energías limpias liderando el mix eléctrico y el agua convertida en pilar de adaptación climática. Cada euro invertido hoy en estas infraestructuras representa una apuesta por la estabilidad, la eficiencia y la regeneración ambiental.
Los desafíos son enormes, pero lo es aún más el potencial de rentabilidad y de impacto positivo. Para quienes busquen combinar retorno financiero con contribución social y medioambiental, el agua y las energías limpias ofrecen un terreno fértil donde sembrar el capital del mañana.
Referencias