En un mundo donde la riqueza parece surgir de la nada, existe un entramado oculto que convierte bienes, ideas y expectativas en activos capaces de multiplicar su valor sin cesar. Tras esa transformación no hay un milagro económico, sino códigos legales privados cuidadosamente diseñados por élites jurídicas. Este artículo explora cómo esos códigos configuran el nuevo imperio del capital y ofrece herramientas para entender y cuestionar sus mecanismos.
El capital no es un fenómeno espontáneo: se forja mediante normas que otorgan prioridad, durabilidad, universalidad y convertibilidad a todo tipo de bienes. Katharina Pistor, en su obra El Código del Capital, nos revela que abogados de despachos de élite construyen un código global que favorece la concentración de riquezas.
Al entender este “código global”, podemos visibilizar la brecha que se crea entre quienes dominan esas reglas y quienes quedan al margen. A partir de este diagnóstico, resulta posible imaginar reformas que equilibren el juego.
El concepto de Código Global surge de la idea de que el capital no brota de la naturaleza, sino de una serie de contratos, registros y avales que lo convierten en un motor perpetuo de ganancias. Pistor demuestra que tanto la ley inglesa como la de Nueva York se han impuesto como estándares internacionales gracias a su reconocimiento en tribunales y arbitrajes, generando un imperialismo legal desde estos centros.
De modo complementario, el FX Global Code, impulsado por bancos centrales, regula la conducta ética en el mercado de divisas. Aunque no es vinculante como un contrato, sirve de marco para participantes que desean alinearse con prácticas globales. Ambos códigos —el de Pistor y el del mercado de divisas— muestran cómo las reglas compartidas pueden ocultar la génesis de la riqueza.
Para comprender cómo se genera el capital, es útil analizar los elementos que un activo debe adquirir para convertirse en fuente de retornos constantes. Esa metamorfosis implica modificar su estatus legal mediante cláusulas, garantías y registros especializados.
La historia revela un ciclo: del feudalismo, donde la tierra se codificó como propiedad, a la crisis de 2008, cuando hipotecas residenciales se transformaron en títulos financieros inviolables. Hoy, datos y genes siguen la misma ruta.
Los abogados especializados son los “guardianes del código”. Su función va más allá de redactar contratos: definen territorios jurídicos, eligen legislaciones favorables y construyen estructuras implícitas en cada cláusula. Así, un mismo activo puede adquirir estatus privilegiado en distintas jurisdicciones.
Tal como señala Pistor, “se escribe y también interpreta en beneficio de los poderosos… Hay intentos continuos de alterar el significado de las leyes”. Esa práctica resquebraja la noción de democracia al externalizar decisiones clave.
La capacidad de codificar activos crea una brecha entre poseedores de capital y el resto. Los primeros aseguran flujos de rentas perpetuas, mientras que los segundos enfrentan sistemas de endeudamiento y exclusión. La crisis de 2008 ejemplifica esta dinámica: la conversión de hipotecas en valores de alto riesgo desembocó en rescates estatales masivos.
Además, la elección de leyes favorables permite a las grandes corporaciones evadir regulaciones locales, trasladando disputas a tribunales de arbitraje privados. Este fenómeno se ve como un componente esencial del neoliberalismo jurídico, pues refuerza estructuras de poder globales.
Más allá del derecho, Clotaire Rapaille aborda cómo los códigos inconscientes influyen en comportamientos de consumo y marketing. Su “Global Code” cultural enfatiza la emoción sobre las palabras y la estructura sobre el contenido, demostrando que no solo las leyes, sino también las percepciones colectivas, configuran realidades económicas.
Así, productos automotrices se asocian a individualismo en EE.UU. y a ingeniería en Alemania. Los códigos culturales funcionan como capas adicionales que fortalecen la posición de marcas globales, ampliando la noción de riqueza oculta a lo simbólico.
Pistor plantea la necesidad de un monitoreo permanente del capitalismo para detectar y frenar dinámicas extremas antes de las crisis. Propone sistemas de alerta temprana, transparencia obligatoria en contratos y regulación coordinada entre Estados para limitar arbitrajes que erosionen derechos públicos.
La autora también sugiere incentivar marcos legales alternativos, donde comunidades y pequeños inversores puedan codificar activos de forma colectiva, reduciendo el monopolio de despachos élite. Aunque su agenda propositiva está en desarrollo, abre el camino a políticas más inclusivas.
Desbloquear la riqueza oculta exige comprender que el capital es una creación humana, no un hecho natural. Al revelar los mecanismos de codificación, empoderamos a ciudadanos, legisladores y académicos para cuestionar privilegios y diseñar reglas más equitativas.
El desafío consiste en equilibrar la seguridad jurídica con la justicia social, logrando un sistema donde el capital sirva al bienestar colectivo, y no solo a una minoría capaz de descifrar su propio código.
Referencias